Sobre la Autora
Rosalba Vargas V., nacida en San José y licenciada en Educación, dejó una huella significativa como profesora en el Colegio Humboldt. Ama inmensamente a Orotina. Sus raíces y su corazón son orotinenses. Actualmente, dedica su tiempo a la escritura de cuentos y poesía, así como al cultivo de plantas ornamentales.

Sinopsis
En un rincón especial de Orotina, donde los árboles parecen susurrar secretos y los arcoíris iluminan las tardes, Carlos descubre que el mundo esconde más maravillas de las que imagina. En una historia donde la curiosidad y la amistad abren puertas inesperadas, este relato nos invita a mirar más allá de lo que vemos y a creer en lo imposible. Acompáñalo en una aventura que cambiará su forma de ver la vida.
El duende de Orotina
Lucía el cielo un lindo arco iris, había en todo lugar donde se posara la vista una luz especial… se podía decir que era una «tarde de espejo», el brillo era mágico.
También se oían cantar muchos y diferentes pajaritos, cada uno poseía un celestial canto, que invitaba a ser feliz, a sonreír, a correr por el campo y a soñar.
Carlos, acostado en el césped, recordaba a Gabriel, un niño que había conocido hace un mes exactamente una tarde tan linda como esta. Se trataba de un singular personaje, no solamente por ser muy pequeño, sino también porque sus ropas eran muy diferentes a las de los otros niños, además de que usaba un gorro rojo, en cuya punta había un adorno que parecía de oro, pues su luz era tan intensa como el sol del atardecer.
Resulta que el día que Carlos vio a Gabriel por primera vez le pareció verlo salir del tronco del árbol de guapinol que había cerca de su casa: un gigante coposo. En sus ramas se desplazaban osos perezosos y ágiles ardillas. Anidaban tucanes, pericos y muchas aves más. A Carlos siempre le había intrigado el hueco que tenía el árbol en su base. No me gusta acercarme tanto a ese tronco, me da miedo que de ese hoyo salga una culebra o un alacrán, pero ¡qué raro que haya salido Gabriel precisamente de ahí!
Se preguntaba si había sido un sueño o si sería realidad. «Me gustaría volver a verlo porque contaba historias muy interesantes». Según él, venía del centro de la tierra y ahí trabajaba con toda su familia; se dedicaban a extraer piedras preciosas: diamantes, rubíes y otras más. También trabajaban el oro, de ahí tomó el material para hacer el adorno de su gorro, me había dicho. Carlos sabía que todo aquello debía ser invento porque ¿quién vive debajo de la tierra? Nadie, por supuesto. Sus padres le enseñaron que es malo mentir, pero estas mentiras le parecían excitantes al escucharlas. La verdad le aburrían mucho los juegos de computadora, ver la televisión, y lo que más le fastidiaba, ¡estudiar!
Precisamente estaba tendido ahí, matando el tiempo porque ya tenía que hacer las tareas del día. ¡Qué fastidio!

—Hola Carlos, oyó la misma voz de Gabriel. Se volvió a buscar de donde provenía y lo vio salir del árbol de guapinol. Sí, era él, otra vez emergiendo del agujero.
—Hola Gabriel, qué bueno verte, precisamente pensaba en vos.
—Es que yo puedo salir solamente cuando sale el arco iris o sino cuando hay luna llena, eso es lo que me ordena mi padre.
—Yo no le haría caso. Estoy aquí y según mamá, hace rato estoy estudiando.
—Yo preferiría estudiar que estar todo el tiempo pique y pique rocas, luego recogiendo piedras preciosas. Lo que sí me gusta es hacer juguetes, porque cuando los termino juego con ellos a escondidas de mis padres, según ellos no debo usarlos porque los puedo dañar y son para los niños pobres y para los que saben cuidar la naturaleza.
—¿Y cómo son esos juguetes? ¿Son como los que yo tengo? ¿Como mi computadora que trae juegos incorporados?
—Nada que ver. Son juegos muy simples: carros construidos con maderas especiales de árboles que sembramos para nuestra fábrica,

muñecas de trapo, canicas, trompos, flechas, trenes eléctricos, cromos, yaxes, bicicletas sin pedales, bolas, bates, un montón de juguetes… Por eso nunca terminamos de trabajar, porque ya no los hacen en otras partes, solo nosotros los hacemos.
—No me imagino cómo son los trompos o los yaxes de que hablas. Decime, ¿cómo son?
—La próxima vez que venga te traigo algunos para que los conozcas. Eso sí, la condición es que estudies más, porque ya que tenés la oportunidad de estudiar, aprovechá y aprendé tantas cosas como las que yo quisiera saber. Fijáte que dice papá que, si logro llegar a la meta de hacer muchos juguetes, me va a matricular en alguna escuela donde yo pueda estudiar lo que yo quiera.
—Qué gusto el tuyo: ¡estudiar! Yo preferiría hacer juguetes, picar rocas, sacar piedras preciosas. Así las vendería y me haría de mucho dinero para comprar muuuuchas cosas.
—No se pueden vender estas piedras. Solo papá puede cambiarlas por el material de los juguetes. Una vez uno de los empleados trató de vender y se le convirtieron en piedras normales.
El pobre pasó una gran vergüenza, porque llegó a una joyería diciendo que venía a cambiarlas por dinero y cuando sacó las supuestas piedras preciosas, todos los dependientes se burlaban de lo que traía… pedacitos de piedra. Dice papá que es que tenemos una misión: rescatar los juegos tradicionales y el respeto por la naturaleza.
De pronto, oyeron la voz de la mamá de Carlos que lo llamaba,
—¡Uuuyyy, ya se dio cuenta de que no estoy ahí! Se oye enojada, ¿verdad? Carlos salió corriendo, pero no adonde estaba su madre, sino que se escondió detrás del guapinol y tanto fue su afán de esconderse que se fue dentro del hueco del tronco. Ahí bajó por muchas gradas que lo condujeron a un lugar lleno de una linda música, donde se sentía una gran paz y donde había mucha gente. Todos trabajaban y trabajaban. Unos cortaban piezas de madera, otros las lijaban, las moldeaban, en otra parte cosían telas, hacían trenzas que colocaban a unas muñecas, otros echaban un líquido en unos moldes especiales para sacar unas bolas pequeñas de vidrio y de muchos colores. También hacían unas de hule de muchos tamaños. Carlos observaba maravillado todo aquello, pero en eso apareció Gabriel, muy ofuscado y también con mucho enojo.
—Carlos, tenés que salir de aquí inmediatamente, si Pa (así le decía a su padre), descubre que has entrado aquí, me castiga y no sé hasta cuándo me dejaría salir. Fue culpa mía el que entraras porque olvidé cerrar la puerta que da acceso al taller. Vení, vámonos ya. Lo tomó de la mano y casi volando llegaron a la salida. Andá a estudiar que yo tengo que regresar a mi trabajo.
—Carlos, Carlos, se oía una voz llamando.
Pasaron varios meses y Carlos no volvió a ver a Gabriel. Estaba convencido de que era un sueño que había tenido. Sin embargo, ese día, cerca del árbol, encontró un botón con forma de sol, que brillaba intensamente, igual a los de la camisa de Gabriel. Entonces podía ser cierto que no fuera un sueño…
Le gustaría contarle que cuando fue al taller, quedó encantado con el ambiente, le sorprendió ver tantos y tan los juguetes y lo que más le gustó fue ver a la gente tan feliz, real lo su trabajo, se respiraba mucha alegría, mucha satisfacción. Tan a fue esta impresión, que después de ese pequeño paseo, decidió que lo que hiciera lo haría con gusto, ¡hasta estudiar! Cuando tenía pereza de hacerlo, se acordaba de Gabriel que le había dicho que aprovechara, que había muchos niños que aunque quisieran no podían ir a la escuela. También lo animó pensar en las ganas que tenía su desaparecido amigo de aprender. Hacía poco la maestra le había entregado un examen con nota 90. Era la primera vez que sacaba una nota mayor de 70, muchas veces sacaba 68-69, la cual le redondeaban a 70. El pensaba que eso sucedía porque sus padres ayudaban mucho en la escuela. Pero hoy que vio un 90 en su examen, sí era su examen, no se había equivocado, sintió la misma alegría, la misma satisfacción que había percibido en los trabajadores del taller de juguetes.
Y no le podía contar a Gabriel. Fue al guapinol, se asomó por el hueco y llamó:
—Gabriel, Gabriel – recordó la última vez que lo había visto, en esa ocasión era su madre quien lo llamaba a él. Estaba desanimado, triste, igual que el cielo que cada momento que pasaba se ponía más oscuro. De pronto, la luna llena apareció, bañó de luz todos los rincones del jardín, podía apreciar como si fuera de día, las flores, los yigüirros que arrullaban con sus cantos a los pichones en sus nidos, los árboles y el hueco del guapinol y… a Gabriel que venía saliendo.
Al verse se dieron un gran abrazo, ya eran grandes y viejos amigos. Tenían en común secretos e ilusiones.
Gabriel le relató a Carlos la conversación que había sostenido con su padre, en la cual le habló largo y tendido de su nueva amistad y del gran interés de este en la mina y de tener algún juguete de los que ellos hacían. A Carlos se le iluminó el rostro, como si la luna que había salido unos instantes antes, le diera plenamente.
—Contáme, ¿qué te contestó? – le dijo emocionadísimo
—Pues, no estaba anuente, porque nuestra labor es secreta. Pero tanto le rogué, que accedió con la condición de que hiciéramos algo extraordinario para ayudar a la naturaleza.
—Podemos recoger deshechos, reciclar en este y varios pueblos.
—Sí eso está bien, pero creo que debe ser algo trascendental.
—Vaya palabra, «trascendental», ¿qué quiere decir?
—Es algo muy importante, por sus consecuencias.
—Sí, debemos pensar en algo fuera de lo normal, que no se haya hecho antes.
—¿Sabés que aquí en el Cerro el Chompipe todos los años hay algo que provoca un gran incendio? Este es un bello lugar. Hay muchos árboles de roble sabana, cortés amarillo, casia fístula, corteza venado, madero negro y guachipelín. En verano se visten de colores amarillos, rosados, morados. Además, hay llama del bosque, la cual se llama así por su intenso color rojo, es un espectáculo natural, verlos florecidos.
Habitan en él venados, tepezcuintles, armadillos, ardillas, pericos, culebras y muchas clases de aves.
—Oye, no te gusta estudiar, pero noto que sabés bastante de animales y clases de árboles.
—Resulta que mis antepasados trabajaron muy duro en las minas de oro, en los Montes del Aguacate. Así ahorraron bastante dinero. Un día decidieron explorar lugares vecinos. Conocieron Hacienda Vieja, un pueblito cerca de Orotina, les encantó por su belleza natural y junto con otras familias forjaron este pueblo. Mi abuelo Hernán, conocido como Mayo, era un enamorado de la naturaleza, le encantaba sembrar, oír el canto de las aves, observar las plantas florecer. Me enseñó de fauna y flora y también me transmitió el gran amor que sentía por estas tierras y el medio ambiente.
—¡Qué interesante historia y la forma en que aprendiste!
Se pusieron a comentar el hecho de que cerca de la casa de Carlos, vivían unos niños un tanto mal orientado, no estudiaban, siempre andaban haciendo daños en las casas y lugares que visitaban. Se suponía que siempre en la época de verano, cuando estaba todo reseco, eran ellos los que iban al cerro El Chompipe.
Al propio encendían una hoguera y propagaban el fuego, esa era su gran diversión. Los vecinos sabían que eran ellos los causantes de esta devastación, porque más de una vez hubo testigos de ello. Sin embargo, no se había podido evitar esta tragedia anual.
Decidieron que les solicitarían a sus amigos del bosque: Lechuza, Perico, Pizote, que les avisaran si veían algo anormal. Quedaron en que cualquier olor a quema o cualquier llama, o simplemente cualquier movimiento sospechoso le asarían al Dúo Defensor (Gabriel y Carlos). La forma de avisarle sería a través de un grupo de chicharras.
Más de una vez los despertaron con una falsa alarma, porque algún vecino había ido a pasear al cerro y había hecho una parrillada a la luz de la luna. Por dicha, eran responsables porque cuando terminaban se cercioraban de que no quedara ni una chispa.
Pero sucedió que, en la luna llena de abril, Lechuza vio al grupo que iba con leña seca, con botellas con olor a gasolina. Avisó a Venado, a Perico, a las chicharras. A Pizote no, pues no lo vio.
Varias chicharras bajaron hasta donde vivía Gabriel para avisarle y Carlos las oyó en cuanto empezaron a sonar. Ese día su sonido era ensordecedor. Carlos y Gabriel, se reunieron a la orilla del guapinol. El duende sacó de una bolsita un polvo, lo tiró al aire, al caer en sus ropas, empequeñecieron súbitamente y apareció una libélula, en la cual se montaron y en pocos segundos llegaron al cerro donde recuperaron su tamaño normal. Ahí encontraron a Lechuza, la cual los condujo donde estaban los malhechores. Estos estaban fuera de sí, gritaban, daban vueltas, se caían a cada rato, unos tomaban licor de una botella y otros fumaban unos cigarros que despedían un olor muy feo.
Las chicharras emitieron unos sonidos muy fuertes que hicieron que pronto el lugar se llenara con los personajes del bosque. Uno de los chicos lanzó un cigarro a la leña puesta para la fogata, no solo se encendió ésta, sino que todos los alrededores también.
Rápidamente las dantas, venados y todos los animales se juntaron y orinaban sobre el fuego, los monos con palos trataban de apagar, los armadillos echaban tierra, pero nada lograba que el fuego se apagara, solamente disminuía.
Desesperado Carlos mandó un mensaje con su celular a Pirulino, un bombero que había llegado hace unos días a su escuela, a dar una demostración y del cual se había hecho amigo. Le contó lo que estaba sucediendo, le suplicó que los ayudara lo más pronto posible. Mientras tanto los incendiarios, se habían desaparecido, no había señal de ellos. Cuando vieron al Dúo con todos sus aliados, se asustaron, tiraron todo lo que traían y huyeron en vertiginosa carrera.
Desgraciadamente, el fuego llegó al galón de gasolina, lo que provocó una gran explosión. Se oían las bombas a lo lejos, el camión se había varado, porque el camino era muy rudimentario.
El Dúo estaba exhausto al igual que sus amigos. Todos cayeron de rodillas llenos de impotencia.
De pronto se dibujó en una nube la imagen de un ser que irradiaba mucha luz y, simultáneamente, se detuvo sobre el fuego más intenso y un fuerte aguacero, muy localizado, se precipitó.

El fuego cedió. Todos bailaban y brincaban de alegría. Sin embargo, una chispa que no habían visto, encendió de nuevo una considerable zona. Pese a su cansancio, corrieron a apagarlo…, pero ya no tenían fuerzas.
—Anímense— dijo Pirulino, que dichosamente apareció en ese momento. Ya estamos aquí. Inmediatamente llegó el camión de los bomberos, por dicha había tanques de agua aquí cerca. Resulta que este cerro tenía fuentes, que habían sido protegidas por los vecinos y, desde ahí, las encauzaron hasta el pueblo desde muchos años atrás. Sady, uno de los vecinos, que acudió a ayudar, les indicó el lugar donde estaba el tanque y les dio la llave, pues él era el encargado del acueducto de Hacienda Vieja. El fuego fue extinguido después de muchos afanes. Al ir bajando el ceras, encontraron a los vándalos, los cuales estaban cercados por un grupo de pizotes, que si querían huir les enterraban sus largas uñas. Es: han con una cara de espanto y no sabían si todo esto que veían era cierto o si era el efecto del alcohol y las drogas que habían ingerido. Debido a que la patrulla no llegaba a llevárselos, el Dúo y los vecinos, decidieron dejarlos en una casa abandonada, que había ahí mismo, eso sí, custodiados por los pizotes.

Todos los demás se marcharon, estaban agotados, pero muy satisfechos por su misión cumplida.
Resulta que el duende Pa al enterarse de esta magnífica acción quiso conocer a Carlos y no solo le permitió ir al taller, sino que hoy en día cuando tiene ratos libres puede jugar con ellos y recibe algunas veces un juguete, que guarda como un tesoro. Pero estos tesoros no los guarda para siempre, sino que los regala en la visita anual que hace al Hospital de Niños, junto con su madre, quien por haber sido dama voluntaria, asiste a la fiesta de navidad cada año.
¡Ah! y también van los niños del cerro, que ya no son vagabundos. Ahora son buenos estudiantes, ya no tienen vicios y ayudan a sembrar árboles especiales para el taller de los duendes.
No se sabe qué pasó, pero la lluvia que cayó aquel día en el cerro, parece que hizo prodigios, puede ser… debe ser… porque esa nube tenía una imagen milagrosa, o porque por coincidencia estaban esa noche los planetas alineados o ustedes nos pueden ayudar a encontrar una mejor explicación. Nos metemos en un huequito, no tan grande como el del guapinol, y así contamos otro.






