Desde su infancia, la vida de Jorge Corrales Picado ha estado marcada por el sonido del tren y la majestuosidad de las locomotoras. Nacido en Aserrí, creció rodeado de recuerdos ferroviarios que quedaron impresos en su memoria y que, con el tiempo, se convirtieron en la esencia de su obra pictórica.
La fascinación por el ferrocarril le llegó por herencia familiar. Su abuelo, Vidal Picado Zúñiga, trabajó en los talleres del tren en el área de carpintería, mientras que sus tíos también desempeñaron distintos roles en el sistema ferroviario. Uno de ellos, Carlos Picado Benavides, fue ayudante de maquinista durante más de dos décadas. Estas historias y experiencias familiares fueron moldeando su amor por los trenes, convirtiéndolos en el eje central de su arte.
Desde los diez años, comenzó a plasmar su pasión en dibujos y bocetos, guardando cada uno de ellos como testimonio de su evolución artística. Su primer acercamiento al arte fue autodidacta, perfeccionando su técnica con el tiempo y guiándose por su instinto. Posteriormente, asistió a la Casa del Artista, donde adquirió conocimientos formales, pero fue bajo la tutela de su querido profesor Armando Fallas Varela que su talento alcanzó su máximo potencial. Fallas Varela no solo le enseñó sobre pintura, sino que también le transmitió la importancia de emocionar a las personas a través del arte. Otro gran mentor fue Jorge Quesada Ramos, cuyas lecciones también han influido en su trabajo.
Su obra está mayormente realizada en óleo y acrílico, con una clara preferencia por el óleo debido a su textura y capacidad de difuminado. Cada una de sus pinturas busca transportar al espectador a un pasado nostálgico, reviviendo la esencia del ferrocarril eléctrico del Pacífico. Su intención no es simplemente retratar trenes, sino capturar la atmósfera de aquellos tiempos: las estaciones llenas de vida, los vendedores ofreciendo sus productos, los viajeros con sus historias y sueños.
Uno de sus recuerdos más vívidos es la parada del tren en Orotina, donde observaba a los vendedores con sus productos y a la gente despidiéndose o recibiendo a sus seres queridos. En especial, recuerda con cariño a una mujer que vendía tamalitos en una olla grande, vestida de blanco y con una larga trenza canosa. Estas imágenes quedaron grabadas en su mente y hoy las plasma en sus lienzos.
A pesar de llevar más de 40 años pintando sobre el ferrocarril, nunca había tenido la oportunidad de exponer su trabajo en una exhibición. Sin embargo, en agosto de este año, su sueño finalmente se hará realidad con una muestra en Orotina, un lugar que siempre ha llevado en su corazón. Su exposición no solo es un homenaje a su familia y a su mentor, sino también a los vendedores, pasajeros y trabajadores ferroviarios que hicieron del tren un símbolo de identidad y cultura.
Para Jorge Corrales Picado, el arte no es solo una manifestación estética, sino una máquina del tiempo que permite revivir emociones y recuerdos. Su objetivo no es vender cuadros, sino que las personas que los observen se conecten con su propia historia y con un pasado que, aunque lejano, aún vive en la memoria de muchos. Su legado es un recordatorio de que el tren no solo transportaba personas, sino también sueños, historias y sentimientos que hoy quedan inmortalizados en su arte.










