CUENTO: Historias de un ventero

Al cumplir mis doce años ya formaba parte de los venteros del tren, cajitas de marañón, caimito, jocotes, naranjas peladas, mangos y aguacates formaban parte de mi canasto. No perdía ni una sola fruta, por dicha los fines de semana o en vacaciones metían hasta tres excursiones diarias, lo que significaba una bendición para todos los venteros.

En ocasiones era casi imposible andar en el tren, los vagones venían repletos, gente sentada en los balcones, los pasillos atestados de pasajeros no se podía ni caminar.

Con el canasto a cuestas nos las ingeniábamos para transitar y con todas la fuerza de nuestras gargantas cada ventero ofrecía su producto.

Freddy Pérez, un chiquillo delgado, bastante largo para su edad, con voz pausada y ceremoniosa decía con mucha calma, fruuta de pan, fruuta de pan, hasta que se daba cuenta de otro ventero con la misma venta,  entonces parecía tomar impulso y se unía al grupo de vendedores, que nos desgalillábamos gritando, fruta de pan, fruta de pan, lleve manga madura, manga, manga grande, lleve, lleve, ¿comida quería comida? decía uno por un lado por el otro se escuchaba,  hay  pollito,  huevos,  papa,  tepezcuinte,

¿Cuánto cuesta un ala?, preguntaba alguien con cara de hambre, hay alas a dos colones, muslo y pechuga a seis colones, ¿y la chincaca?, se la dejo en tres pesos con todo y pescuezo, junto al pollo se le entregaba al cliente un pedacito de papel, de esos que se usan en envolver el pan, para que se limpiara el achote de las manos y la boca.

Al llegar a Orotina se ponía buena la cosa, decenas de venteros ofrecían sus productos en las orillas del tren, una chiza, una chiza, decía un chiquillo con el pequeño animal amarrado a un mecate colgando de su cuello, horchata, hay horchata ofrecía Doña Toña en su coqueto carrito de madera a la orilla del tren, lleve a cinco colones el vaso de casco, siempre muy atenta para que no se llevaran el vaso, que a los turistas les encantaba coleccionar.

 Pericos, pericos ¿cuánto valen?, preguntaba un caballero con ansias de adueñarse de uno de ellos, cuatro colones, ¿son mansos? claro no ve que quediticos que están ¿por qué pican? es porque están encerrados a nadie le gustan las rejas, contestábamos con mucha seguridad, bueno me lo llevo para mi hija, eso sí le aconsejo que lo saque con cuidado porque el clima frio los enoja mucho y no le corte las alas porque se enferman.

Hoy me pregunto ¿cuántos pericos habrán vuelto a casa cuando los sacaban de su encierro?

Durante diez minutos aquello era fiesta, los pasajeros aprovechaban para bajar del tren y disfrutar la resbaladera y la horchata o contemplar aquel paisaje donde turistas y Orotinenses compartían y guardaban inolvidables recuerdos.

Al marcharse el tren, los venteros nos reuníamos en el andén, yo vendí el perico, vale que lo bañe bien con agua fría, lo agarraron ayer en la pega del palo de guayaba, ¡Que ingrato¡, le decían, y ¿en cuánto se fue?, se pegó en tres con cincuenta, pero le advertí que no se lo diera a ningún chiquito, decía uno de los muchos venteros, ¿Y a usted Chanito cómo le fue con la chiza?, acharita tan mansita la condenada, pero tenía que venderla, se comía mucho la ropa y la madera de la casa, se fue en ocho colones, ¡Tanto¡, pronunciaban con asombro, si la vendí bien cara, aunque no me la pagaron, se la llevó Chayote, el conductor, Chayote!, salado ese no paga contestaron a coro tres venteros, bueno por lo menos la vendí bien cara, decía Chanito sin comprender bien aquél enredo. Por allá Gallo fino (Francisco Brenes), contaba los aguacates que le sobraron, güete que están verdes, güete que se maduran, hombre pequeño muy delgado, presentaba cierta tartamudez en su habla, al escucharlo nos reíamos, no por burla, sino más bien porque tenía la gracia de transmitir alegría a quienes lo oían, lo que no le molestaba de manera alguna.

Los que le vendían a La Ju, le entregaban cuentas y recibían un pequeño pago por la venta, tal vez dos colones si había sido buena la jornada.

 Por haber pasado el tren la calma volvía, hasta que regresara de nuevo, como la sangre que lleva la vida de aquellos inolvidables tiempos.

Recuerdo muy bien algunas de la venteras de aquellos momentos, Doña Nila, Doña Blanca, Doña Lela, Doña Benita Montero, mi mamá, las semilleras, de semillas de marañón, Don Rafael Alpízar el vendedor de las empanadas, siempre le compraba una y el amablemente me regalaba al final del día las que estuvieran quebradas.

En ocasiones, corría con la suerte de comerme tres o hasta cuatro empanadas de papa o de frijol, acompañadas de un chilero de naranja agria que hasta los dedos se chupaba uno, aún recuerdo claramente sus consejos, no viaje en el balcón, no se tire, quédese en la estación antes de llegar al cruce de trenes, es mejor que lo deje el tren a perder una pierna, un reventón del tren es muy peligroso.

De las venteras Ángela la de Carlos Vega, siempre la más informada, ella sabía casi siempre a donde iban a ser los cruces del tren, del que iba para San José y el

que se dirigía hacia Puntarenas, eso le permitía adelantarse a las otras vendedoras de comida, subir de primera y lograr la mejor venta, como esa información tan valiosa no se compartía y tenía carácter intransferible, no había más, todos la seguíamos, donde Ángela se quedaba ahí nos quedábamos todos.

Para el ventero el tiempo avanza muy rápidamente, él debe vender en trayectos muy cortos su producto y asegurarse en poder abordar el tren que viene, para poder regresar a su casa. En época de vacaciones las ventas eran buenas, a veces volvíamos hasta con treinta colones, pero en el invierno, la situación era otra, en un fin de semana si acaso se sacaban los pases y para el pan y el aguadulce de la casa.

Análisis del cuento

Datos generales

Título: Historias de un ventero

Autor: Carlos Alpízar (Kalim)

Género: Narrativo

Subgénero: Cuento costumbrista / Relato de memorias

Corriente literaria: Realismo costumbrista

Argumento (Resumen breve)

El cuento narra las experiencias de un ventero de tren cuando era niño, vendiendo frutas y otros productos a los pasajeros. Describe la dinámica de venta dentro del tren, la competencia entre los vendedores, los diálogos entre clientes y venteros, y las interacciones con otros comerciantes. También se mencionan algunos personajes pintorescos, anécdotas de la venta de animales como pericos y chizas, y la importancia del tren como fuente de sustento para muchas familias. Finalmente, el protagonista recuerda con nostalgia aquellos tiempos y las enseñanzas de los vendedores mayores.

Tema principal: La vida de los venteros del tren y su lucha diaria por sobrevivir.

Tipo de narrador: Narrador protagonista (primera persona).

El cuento refleja una época en la que la venta ambulante en los trenes era parte de la vida cotidiana y permitía a muchas familias ganarse el sustento. También deja una reflexión sobre el paso del tiempo y cómo las costumbres y formas de vida cambian. Además, resalta la astucia y la lucha diaria de los venteros por sobrevivir.

Es un relato que transmite nostalgia y cariño por una época pasada. Se siente auténtico y bien construido, con personajes carismáticos y detalles costumbristas que hacen que el lector imagine el ambiente del tren. La naturalidad del lenguaje le da mucha frescura y cercanía.