El 4 de marzo de 1924, a las 4 de la mañana, Orotina, un cantón alajuelense fundado en 1908, vivió el peor desastre natural de su historia: un terremoto de 7 grados que dejó una profunda marca en la memoria colectiva de sus habitantes.
El sismo sorprendió a muchos mientras dormían, como a don Arturo González Ulloa, propietario de la finca Pigres, que colindaba con el Río Grande, en el sector hoy conocido como El Tigre y Limonal de Orotina. En su testimonio, narró cómo su casa «…se meció como una hamaca con vibraciones trepidatorias tan fuertes que parecía que iban a arrancarla de sus cimientos. Desperté como de un terrible letargo y al incorporarme fui arrojado quedando acurrucado debajo de una mesa, donde esperé atolondrado el desenlace del cataclismo…».
En la Ciudad de Orotina, a unos 5 kilómetros al noreste, el edificio de la cárcel local se desplomó, reduciéndose a una pila de ladrillos y láminas de zinc. Un brequero del Ferrocarril al Pacífico, quien había sido encarcelado por ebriedad la noche anterior, logró escapar por una tabla del piso a las 3 am, salvando su vida justo una hora antes del derrumbe.
El terremoto principal fue seguido por réplicas de similar magnitud a las 5 y 7 am, y otras menores durante al menos dos días. El miedo se apoderó de la población, que caminaba por las calles rezando «Santo Dios, Santo Fuerte y Santo Inmortal».
Los daños en Orotina fueron cuantiosos: la Iglesia Católica se desplazó una cuarta de su lugar original, la bodega de la estación ferroviaria fue destruida y muchas tumbas en el cementerio fueron removidas, obligando a enterrar de nuevo a los difuntos. Las pulperías de Cenovio y José María Vargas y los negocios de los hermanos Quijano también fueron arrasados, junto con muchas casas de adobe y mampostería.
En la Estación de Concepción de Hacienda Vieja, a 10 kilómetros al este, Poncho Mora, maestro de caminos del Ferrocarril al Pacífico, describió un panorama apocalíptico: montañas desplomándose, el tanque de agua de la estación colapsado y grandes secciones de la vía férrea desaparecidas, con piedras de hasta 30 toneladas sobre los rieles.
En la Hacienda Coyolar de don Fernando Castro Cervantes, a 5 kilómetros al oeste, el caos fue total. El aserradero colapsó, las casas de los peones cayeron, y una grieta de hasta un metro de ancho cruzó la hacienda. El agua de los pozos brotaba blanca y la vía del ferrocarril quedó deformada. Cuando un periodista en San José le comentó a don Fernando sobre las pérdidas de 100 mil colones de la época en su hacienda, él respondió con indiferencia, comparando esa suma con sus gastos regulares en viajes a Europa.
El terremoto también afectó a cantones como San Mateo, San Ramón, Palmares, Turrúcares y Atenas en Alajuela; Esparza en Puntarenas; Turrubares, Puriscal y Ciudad Colón en San José; y Heredia, donde se reportaron cuatro muertes.
La destrucción de la línea del Ferrocarril al Pacífico aisló a Orotina del Valle Central y Puntarenas por dos meses. Quienes deseaban salir del cantón debían recorrer peligrosas trochas para llegar a la estación de Río Grande en Atenas y tomar el tren a San José.
A pesar de la tragedia, Orotina renació de sus cenizas. La solidaridad de la comunidad y la ayuda de comerciantes locales permitieron que el pueblo superara el hambre y la miseria del verano de 1924.










