El Ferrocarril Eléctrico del Pacífico es un símbolo de historia, nostalgia y resiliencia en Costa Rica. Para muchos, el sonido del tren evoca recuerdos entrañables, pero para Dagoberto Irías, ferrocarrilero de toda la vida, el tren representa una trayectoria marcada por experiencias inolvidables, desde su adolescencia hasta su jubilación.
Dagoberto, o “Dago”, como lo llaman cariñosamente, comenzó su andadura ferroviaria a los 17 años. Su primer empleo fue en la aduana de San José, trabajando como peón bajo la guía de Marcos Arroyo, un constructor de renombre. Sin haber pasado por la tradicional etapa de «bichero», Dago se sumergió directamente en el mundo de los trenes, demostrando desde temprano su pasión y compromiso con el ferrocarril.
La vida de un ferrocarrilero no es sencilla, y Dago lo sabe bien. Sus jornadas laborales incluían turnos de día y noche, muchas veces durmiendo en las estaciones y pasando largas temporadas lejos de su hogar. Esta realidad no solo afectaba a los trabajadores, sino también a sus familias, que vivían en constante preocupación por la seguridad de sus seres queridos.
Uno de los episodios más impactantes de la carrera de Dagoberto fue la tragedia de 1980, conocida como el accidente de Electriona. Aquel fatídico 2 de noviembre, la máquina 125 cayó al cauce del río Virilla, cerca de la planta de Electriona, dejando un saldo de cuatro muertos y tres heridos. Dago sobrevivió a este accidente, aunque las secuelas físicas y emocionales persisten hasta hoy. “Siempre me sueño con trenes”, confesó, recordando cómo las noches traen de vuelta las memorias de aquel día.
A pesar de las dificultades, Dagoberto nunca abandonó su amor por el ferrocarril. Incluso después de su jubilación, fue llamado en múltiples ocasiones para colaborar con el Incofer, demostrando que la pasión por los trenes no se apaga con el tiempo. Sin embargo, trabas burocráticas relacionadas con su pensión le impidieron retomar formalmente sus labores, un problema que, según él, debería ser atendido por las autoridades.
Además de su trabajo, Dagoberto también fue parte de las tradiciones ferroviarias, como la procesión del Sagrado Corazón de Jesús, que recorría las vías del tren desde San José hasta Puntarenas. Esta actividad no solo era un evento religioso, sino también una fiesta popular que unía a comunidades enteras en torno al paso del tren.
Hoy, Dagoberto vive en Uvita, Ceiba, rodeado de su familia y de los recuerdos de una vida llena de aventuras y desafíos. Su historia es un testimonio viviente de la importancia del ferrocarril en Costa Rica y del legado que dejan aquellos que, como él, dedicaron su vida a mantener en marcha el tren del progreso.







